PINTURA ABSTRACTA

Me llamo Javier Fernández y soy pintor abstracto. Nací en Colima, México.

Mi padre tenía una biblioteca muy extensa, con muchos libros de arte y museos que eran mis favoritos. Desde niño me entusiasmaba ver las obras ahí contenidas pues, además, me servían como guía para dibujar; las copiaba.

Como me gustaba el arte y la pintura decidí estudiar arquitectura, pues era lo más aproximado a un quehacer creativo.

Cuando en Colima se abrieron los talleres libres de la entonces Escuela de Artes de la Universidad de Colima, me acerque al maestro Jorge Chávez Carrillo (Colima, 1921-2011) para pedirle su opinión sobre  mi trabajo.

Estuve varios años en Europa con estancias en Londres, Santander y Paris. En la Ciudad Luz tuve mi primera exposición fuera de México, con una serie de acuarelas inspiradas en los libros de Carlos Castaneda.


De nuevo en México tuve buen éxito con mi pintura, vendía mucho y hasta hice escuela en Puerto Vallarta: el figurativo grotesco. Sin embargo, ese tipo de trabajo me cansó  y se fue gestando un proceso de eliminación de los rasgos figurativos al que se resistían las galerías con las que trabajaba.

Este cambio fue un proceso natural acorde con el paso del tiempo, la experimentación y la búsqueda de un lenguaje más personal. Eso me llevó hacia una expresión más personal, con una nueva expresividad gestual que me ayudó a concebir un lenguaje propio.

Al decantarme por la abstracción, también surge mi interés por temas relacionados con el conocimiento interno, la intuición y el estudio de la conciencia con intención de trasladar estas ideas a mi propia forma de pintar: mediante un proceso orgánico y natural que fluye espontáneamente.

Además de mis proyectos personales con la pintura, he dedicado tiempo a otras experiencias artísticas como los talleres de grabado en el Centro de Artes Gráficas de Colima “La Parota”, donde he tenido oportunidad de producir obra gráfica.

En cierta forma, mi pintura abstracta surgió en oposición al gesto de arquitecto que es más geométrico y exacto, lo que me llevo a usa la mancha, el trazo libre que he desarrollado hasta ahora. Mi pintura actual es colorida, con gestos violentos que llevan velocidad: es un proceso.

Mi esquema de trabajo es no tener esquema, me gusta que el proceso fluya de forma orgánica: la armonía cromática, la estructura y composición de la pieza. Trabajo a prueba y error, mediante la construcción, destrucción y reconstrucción, tal como ocurre en la naturaleza.

Al pintar, hago series y eso energetiza el ejercicio plástico. Dejo una serie, me libero de ella y después surge algo un poco más disperso, pero luego regreso a hacer series. Estos procesos de trabajo son como ritmos en mi producción.

En mi pintura no he dejado de trabajar con este espíritu de la conciencia zen, con el que vas purificando la pintura y olvidando el tema. Liberarme del tema al estar pintando repeticiones del mismo tema: esta es mí propuesta, mi paradoja.



“Cada color, cada detalle, tiene un significado intimista y profundo”

Zhangz Yimou

El mundo de Javier Fernández, el mundo que nos comparte, es el de la pureza de la luz, el color que nos trae un sueño a la tierra, al mar, al viento. Mago de la sinrazón pero preciso en sus sentidos, sus cuadros alucinan y nos hacen alucinar, celebran y nos invitan a celebrar, cantan y con ellos cantamos la fiesta de sabernos vivos.

Plenitud. No encuentro otra palabra para definir la obra de uno de los mas fascinantes pintores mexicanos de su generación, quien desde su Macondo particular en el occidente de México, en el rincón rulfeano de la patria, inventa y pinta el mundo, su mundo, el nuestro. Desde la tierra, en los volcanes, en las piedras, en el rio, en las hojas y los árboles, en los frutos, en el mar, en las nubes,  en el viento y más allá del cielo. Los colores son sus teclas; sus ojos el martillo templador; su alma, un piano de muchas cuerdas; sus manos nos hacen vibrar desde sus cuadros. Cada color, cada detalle, tiene un significado íntimo, profundo; nos centra en la tierra pero siempre nos lleva más allá. En la tierra, más allá del cielo. Y más allá.

Javier Fernández atisba, hurga los sentidos, sus sueños, las vigilias. Carga con energía la esencia de las cosas y nada le pregunta al lienzo. Con cautela lo ve, lo mira, lo prepara, lo acaricia. Son las cinco de la mañana y el aroma del café ya invade el estudio. A lo lejos, allá desde su remota infancia, la luz apunta desde el centro de las sombras. Pero solo es su mano quien acaricia el piano, solo es el quien, afilado el ojo, pulsa las teclas. In crecendo, su batuta de espátulas y dedos dirigen la orquesta, la sinfonía. ¿Sinfonía? Nunca. Las primeras notas despiertan a los pájaros que iluminaran el día cuando ya Javier avanzo sin dificultad sobre la fragilidad de universo. Una hoja lo signa, un trazo desordenado invade los incendios que toca. Entonces, desde la oscuridad, el silencio de los extravíos se desborda en el ancla de un lago suspendido a la mitad del aire. Es un lugar seguro, pertinaz, habitable; un puro hueso mondo; la desnudez total, el blanquísimo dardo multicolor donde no existe el olvido. La entrega es total, excitante. Hilo o bruma, mancha o gota, encuentro. Digo más: encontronazo, canto amarillo. Abracadabra.


Víctor Manuel Cárdenas